Once artistas brut frente a un contexto

Hablar sobre art brut en Cuba, resultaba complejo hace diez años atrás; cuando empecé mis investigaciones y noté la relativa confusión que existía con el término: se tenía una idea errónea de lo que pudiera ser un artista outsider o brut, al vincularlo sobre todo a padecimientos mentales; luego, las producciones autodidactas eran mejor asimiladas, si respondían a una línea naïf, popular, o seguían un orden académico. Entonces ¿dónde situar a aquellos artistas brut que no se identificaban con estas líneas artística? Una parte de ellos no se cuestionaban su clasificación o lugar, no tenían porqué; en cambio otros –insertados en los circuitos legitimadores– preferían asociarse a lo popular y naïf, por temor a ser marginados como “locos” por la sociedad y las instituciones; primeras en fomentar el desconcierto, debido a sus estrechas visiones y políticas culturales, sustentadas en este caso, en la incomprensión y el desconocimiento. De modo que el conflicto del sujeto artista, no solo se generaba desde el bien sabido ámbito social y familiar, sino también desde el institucional.

Era difícil encontrar bibliografía al respecto en la isla[1]; y los antecedentes más cercanos se remitían a inicio de los años sesenta, a la labor promocional de José Seoane Gallo (1936-2008) y Samuel Feijóo (1914-1992); quienes trabajaron con artistas autodidactas, en el afán de explorar los elementos folklóricos y etnológicos que caracterizaban la pintura popular cubana. El resultado más notable de la labor de Seoane, se concretó en la formación del Grupo de Pintores y Dibujantes Populares de Santa Clara (1957-1962), que luego continuó Feijóo, al incrementar esta nómina con otros artistas de la antigua provincia de Las Villas, para después re-denominarlo como Grupo Signos.[2] Un logro de carácter internacional, fue la muestra colectiva Arte Inventivo de Cuba (1983), organizada por Feijóo en el Museo de Art Brut de Lausanne, Suiza; gracias al interés que el artista Jean Dubuffet (1901-1985) mostró en estas producciones cubanas. La exposición estuvo conformada por más de 150 obras de 35 artistas, que de ninguna manera fueron consideradas brut, a pesar de haberse expuesto en ese escenario. Eran innegables los puntos de encuentros en las obras de algunos artistas, pero el propio Feijóo insistía en aclarar las diferencias, al sostener que el movimiento plástico de Las Villas surgía de la naturaleza y la fantasía cubana, sus mitos y regocijos.[3]

Por otro lado,  en los hospitales psiquiátricos de Santiago de Cuba, La Habana, Camagüey, y el centro de salud mental de Remedios (Villa Clara),[4] existieron breves experiencias con la Arteterapia, que motivaban al paciente hacia las artes plásticas, teatro, danza y la música; pero que no derivaron en aportes concretos al campo de las Artes Visuales, puesto que centraban su interés en el efecto terapéutico de dichas manifestaciones artísticas. Estaba claro que debía emprender un camino prácticamente de cero, que inicié con el proyecto comunitario y de arteterapia Entre Cipreses y Girasoles, en el Hospital Psiquiátrico de Villa Clara (2008 – 2012). Con él, pretendía empezar un estudio basado en mis propias experiencias, en contacto directo con posibles creadores;  y explorar los patrones comunes dentro del proceso creativo (…)

Durante los años que duró el proyecto se implicaron altruistamente, artistas, escritores e instituciones culturales,[5] que colaboraron en talleres, donaciones, exposiciones y otras acciones plásticas. Nos proponíamos, además de contribuir en la rehabilitación de los pacientes, identificar a aquellos creadores –dentro o fuera del ámbito hospitalario– que por sus rasgos y producciones, se inscribieran en esta expresión artística; así como apoyar el desarrollo de sus obras, mediante la generación de proyectos curatoriales y la investigación a fondo de sus producciones. Parte de los resultados de esta experiencia, quedaron publicados en el libro de testimonios y ensayos El Aullido Infinito (Premio Memoria, Editorial Centro Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2015); donde se registraron las problemáticas entorno al art brut en Cuba, en la voz de sus únicos protagonistas: los artistas.

El aullido infinito ,Autora Yaysis Ojeda Becerra, Editorial Pablo de la Torriente Braujpg

En la actualidad el escenario algo ha cambiado, al menos en la capital. A partir del 2012, con la presencia de Juan Martín, director de NAEMI  (National Art Exhibitions of The Mentally Ill), y de Daniel Klein, presidente de la Fundación Art Brut Project, se empieza a llamar la atención sobre la obra de determinados creadores brut, fundamentalmente de la región occidental; al realizarse puntuales muestras y eventos[6] que propiciaron una breve revaloración de estas producciones desde la institución arte; además del intercambio con museos, coleccionistas y galerías de diferentes partes del mundo. NAEMI y la Fundación Art Brut Project fueron un detonante que señalaba la existencia del género en el país; e impulsaron en La Habana, la puesta en marcha de iniciativas, como Psicoartecubano, proyecto social, artístico y terapéutico, sin fines de lucro, que organiza el promotor y psicólogo Pablo Hermes Rodríguez Mesa, con la intención de localizar y apoyar a creadores del género;  Riera Estudio, dirigido por el artista Samuel Riera en su estudio taller, que tiene como objetivos la investigación y trabajo con aquellas producciones artísticas de carácter marginal; promover la obra de los creadores que integran el proyecto, y ofrecerles la oportunidad de insertarse en el mercado del arte. [7]

Por otro lado, las distintas publicaciones por agentes e investigadores en las redes sociales y revistas de arte especializadas, tales como Bric-á-Brac y Raw Vision; o el reconocimiento de SPACES[8] de espacios de Arquitectura Brut en Cuba, generaron una mayor visibilidad e interés internacional. Mientras tanto, en la Isla, se apreciaba una discreta  divulgación del género, en las páginas de las revista Guamo y Umbral; los periódicos Vanguardia,  Trabajadores, El Caimán Barbudo ; o los sitios digitales de Verbiclara, Cubanet, Havana Times,  Radio Enciclopedia, y el Diario de Cuba, por solo mencionar algunos.

Pero aún resulta insuficiente el reconocimiento de estos creadores que siempre han estado ahí, y se hace notar la ausencia de proyectos investigativos y curatoriales que los incluyan y muevan en las instituciones; o que al menos introduzcan la mención del género en talleres y los programas de estudios de las carreras de Arte. Los artistas brut cubanos, empiezan a ser más conocidos fuera del país que dentro, donde el silencio del nothing happens los absorbe. En el exterior los medios especializados, ferias, colecciones y galerías, los acogen y valoran por la autenticidad y fuerza de sus obras. En tanto, se van sumando nombres a una relación de artistas que apenas comienza; y que desde una estética diversa, también enriquecen el panorama actual de la plástica cubana. Entre ellos:

Arturo Larrea Cárdenas (La Piedra, 1980), busca en la pintura un sitio de paz a sus tormentos. Desde la adolescencia padece de continuas crisis de esquizofrenia paranoide. Ha sido premiado en certámenes de artes plásticas y ha participado en exposiciones personales y colectivas en diferentes casas de culturas y galerías. En sus producciones artísticas resulta apreciable, su paso por dos etapas: La primera, que el propio artista denominó «Foco rosa» por la notable insistencia en el color rosa, aunque es el negro el que predominaba para acentuar atmósferas de marcados contrastes. Lo figurativo y lo abstracto se fusionan en series de acento erótico, realizadas con una técnica mixta sobre cartulina. En ellas, abordaba las relaciones afectivas en sus diversas variantes; y recreaba retratos femeninos de fisonomías similares a la de su madre, detalle este que hacía evidente su paso por el síndrome de Edipo. Con el trazado de bustos desnudos y escenas de grupos en posibles orgías, pretendía mostrar la belleza del cuerpo femenino y del acto sexual. En una segunda etapa, Larrea enfatizaba en el tema de la religión cristiana; de ahí que clasificara sus pinturas como Apologetic art: teología que defiende la fe cristiana a través del arte. Durante este período se aprecian notables cambios en cuanto al soporte, el formato y las técnicas. Opta definitivamente por trabajar con óleo y acrílico sobre telas de mediano y gran formato; y empieza a aplicar el color con mayor osadía, a golpe de espátula, sin abandonar el uso del negro. Se hacen frecuentes los autorretratos, y el paisaje como contexto empieza a tomar protagonismo, pero siempre sujeto a una reinterpretación de su realidad circundante: contradictoria, caótica, perturbadora. Cae por momentos en crisis destructivas, que lo han llevado a dañar sus obras y apuntes, a negarse a si mismo. Vive en el caserío de Jiquiabo, junto a sus padres, donde hace muy poca vida social y continua sobreponiéndose de cada recaída. Sus pinturas continúan en evolución y actualmente experimenta una etapa más arriesgada y abierta hacia lo sexual. Artista descubierto mediante al proyecto Entre cipreses y Girasoles, y primero con el que se inauguró una muestra en Cuba de Art Brut, bajo esta denominación.[9]

Esperanza Conde Rodríguez, Pía (Villa Clara, 1966) no sabe por qué pinta, pero si no lo hace siente que ‘se vuelve loca”. Es una agricultora que vive de lo que cosecha en el campo junto a su marido, para mantener a sus hijos. Apenas ha estudiado y no posee conocimiento alguno de arte. Cuando pinta no puede parar, lo hace al regresar de trabajar la tierra, o por las noches; y lo va cubriendo todo: las paredes de la casa, papeles, telas viejas o cualquier soporte que tenga al alcance. Cuenta que ve cabecitas humanas que le dicen que quieren salir fuera, y hasta que no las pinta, no logran callarse. Va pintando de manera intuitiva, imágenes de hombres y mujeres de parecidas fisonomías; algunos fragmentados y en posiciones absurdas, junto a animales y plantas que la mayoría jamás ha visto en vivo. Las recargadas composiciones no siguen un único ritmo, y utiliza colores opuestos y brillantes. Circunda los bordes de las imágenes con gruesas líneas que moldean la masa compacta de personajes. Nunca pone títulos, ni le gusta llamarse artista. Solo pinta, siguiendo un impulso inexplicable, imposible de controlar, que le alivia ese cúmulo de imágenes en su cabeza. Continúa viviendo en el poblado de Dolores, cerca de Caibarién, en la zona central del país.

Jesús Espinosa Carrillo (Remedios, 1951), de prodigiosas alucinaciones y noble alma; pintor imprescindible del medio artístico remediano, donde es respetado y querido. En la Galería Carlos Enríquez de Remedios, ha realizado numerosas exposiciones y ha obtenido reconocimientos por su intensa labor creativa. Desde su juventud padece de esquizofrenia, y permaneció recluido por largos períodos en el centro de salud mental. Suele cubrir las paredes de su casa con murales que renueva cada cierto tiempo; en ellos, la imagen dibujada suplanta la ausencia real del objeto o persona representada. La mayoría de sus obras son acuarelas o dibujos sobre papel y cartulinas, que acostumbra a firmar con una hormiga, cual símbolo de laboriosidad. Jesús padece de alucinaciones, y de tanto en tanto, asegura tener las inesperadas visitas de hermosas mujeres que le acompañan por horas, o durante toda la noche; mujeres que luego lleva a sus pinturas en posiciones danzantes o semidesnudas. Llama la atención el tratamiento del color en sus obras y el uso de una pincelada firme y esparcida. Sus composiciones intuitivas, de rasgos torpes y primitivos, han servido de inspiración a jóvenes generaciones que suelen admirarlo como un maestro del arte, que guarda cuidadosos secretos.

Noel Guzmán Boffill Rojas, Bofill (Remedios, 1954), extrovertido artista de ilimitada imaginación e ingenio. Es miembro de la Uneac y ha realizado innumerables exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero. Posee premios y reconocimientos en salones de artes plásticas; y una obra suya conforma la muestra permanente del MNBA. Ha convivido con sus delirios, hasta hacerlos parte de su vida y obra. Una niñez marginal, la guerra en Angola, y el tiempo transcurrido en prisión, marcaron sus producciones plásticas con una solidez incuestionable y un enfoque autorreferencial, hacia tópicos que van desde lo social, religioso, histórico, y paisajístico. En las imágenes religiosas que trabaja, se destacan sus numerosas representaciones de vírgenes y cristos, que en su mayoría provienen de la estética marginal del tatuaje presidiario. Incorpora con frecuencia refranes, poemas y otras alegorías literarias, haciendo uso de la caligrafía al natural. En los retratos, suelen destacarse aquellos realizados a los líderes revolucionarios: tema por el que manifiesta una curiosa obsesión; mientras que en los autorretratos puede transfigurar su imagen en personalidades de la historia, las artes y la cultura universal. Bofill expresa una peculiar filosofía de vida de inclinaciones mediúmnicas, donde fusiona la escenificación, lo místico, lo erótico, lo humorístico, lo absurdo y lo poético con la realidad. En ese interés por exteriorizar y compartir su arte, ha convertido su casa en un verdadero santuario artístico, donde el conjunto de las piezas y los objetos de la cotidianidad coexisten, hasta mezclarse y crear un ambiente críptico, y a la vez acogedor. Las paredes internas, externas y parte de los techos, han sido decorados con extensas pinturas murales, y los fragmentos de obras dispersos por las habitaciones, se utilizan con diafanidad y rara elegancia. Su casa ha sido reconocida por SPACES como un sitio de fantástica arquitectura brut. Posee un estilo sumamente original, que se nutre de la confluencia de varios rasgos: primitivo, naïf, y siempre contemporáneo; confluencia típica en los artistas brut, y que lo convierten en un significativo exponente del género  en Cuba.

Clara Ortiz García (Santa Clara, 1961), creadora que se desdobla a través de sus pinturas en varias caras y facetas. Sufre de personalidad múltiple y presenta rasgos esquizoides. A los cuarenta años empieza a pintar bajo la tutela de José Seoane Gallo y rápidamente obtiene sus primeros premios. Ha realizado varias exposiciones personales y ha participado en salones de arte popular y naïf; pero no le gusta encerrarse en esta manifestación, puesto que en diversos casos tuvo que adaptar sus obras, para ser aceptada. Como artista siente otras necesidades expresivas, en tópicos y posturas audaces que se alejan de la línea popular. Por lo general, trabaja una técnica mixta sobre cartulina, aunque predomina el uso de la acuarela. Sus representaciones suelen ser autorreferenciales, y su imagen puede verse transfigurada a través de individuos de diferentes sexos, objetos, incluso en flores y animales, desde un enfoque simbólico y a ratos experimental. En ocasiones, ha preferido explorar su mundo interior, en obras de complejas narraciones, y en composiciones donde la síntesis de elementos, conviven con la sobriedad del color. Sus piezas llegan a proporcionarle un desesperado estado de amor/odio, que la pueden llevar a la destrucción de las mismas, de ahí que la gran mayoría se encuentren donadas a las principales instituciones de cultura de la ciudad de Santa Clara. Es consciente de ser una artista brut y se reconoce “maldita” por ello, en un camino que puede llegar a ser tortuoso, por los tantos estigmas sociales y culturales que aún encuentra a su paso.

Julián Espinosa Rebollido, Wayacón (Cienfuegos, 1941), es un bohemio, un aventurero de mirada nostálgica y fascinante universo. Su obra se ha inscrito en una vertiente que va de lo contemporáneo a lo naïf, sin ser totalmente esta su línea creativa, ni su única fuente de inspiración. Sus premios, reconocimientos y exposiciones son incontables. Es miembro de la Uneac y es considerado una personalidad de la cultura cienfueguera de extraordinario carisma. Obras suyas integran la colección del MNBA. De intenso andar por la vida, estuvo durante mucho tiempo como un vagabundo; habitando en cementerios, vagones de trenes y fortalezas abandonadas. Padeció de alcoholismo y crónicos cuadros depresivos, y aún se mantiene medicado, debido a repentinos estados que puede experimentar. Fue combatiente revolucionario y posee diversas medallas, por su actitud heroica en batallas decisivas de la revolución, como el combate de Playa Girón. Estuvo también en la Guerra de Viet Nam, y guardó prisión en Cuba durante las injustas leyes contra “Los vagos”. Realiza sus pinturas sobre cualquier soporte, incluso ha pintado sobre animales vivo con los que ha realizado acciones plásticas; posee series pintadas de ropas y accesorios, algunas dedicadas a la memoria de su madre; ha trabajado el performance, el collage, la escultura, y las instalaciones. Sus obras pueden llevar implícito temas que van desde lo social hasta lo erótico; donde prevalecen los personajes de sus “mamitas”, como símbolo de admiración y deseo hacia la sensualidad femenina. Le caracterizan: los colores brillantes, el uso de empastes, el contorno de las figuras por gruesas líneas; y el empleo de números y símbolos propios, que van tejiendo una narración alrededor de cada pieza.

Nivia de La Paz González (Camajuaní, 1940), es una carismática artista que sobrevive encerrada en las memorias de otras épocas. Repentinos cambios marcaron su juventud e historia personal; y estuvo ingresada con un diagnóstico de esquizofrenia, para luego permanecer bajo medicación. Su vida está signada por la soledad y un impactante encuentro con el Che Guevara en diciembre de 1958, que la ha convertido en objeto de fabulaciones populares. Es una poetisa y creadora representativa de la plástica villaclareña, a pesar de esporádicos distanciamientos que mantiene con las instituciones culturales. La editorial Capiro de Villa Clara le publicó el poemario Me saludo mortal y me retiro (2004); y sus poemas aparecen en las revistas Signos, Guamo y en la antología Faz de tierra conocida (Yamil Díaz Gómez, Letras Cubanas, 2010). Mayormente trabaja la pintura, el collage y el dibujo, desde la añoranza de tiempos pasados. Las paredes de sus habitaciones las decoraba con sus propias pinturas, llegando a desarrollar extensos murales; y conserva cientos de enciclopedias de artes elaboradas por ella misma. Vive en precarias condiciones y utiliza cualquier soporte y material que le permita expresarse. Sus obras guardan un carácter autorreferencial, debido a los disímiles autorretratos que solía pintar; resulta notable el uso de las máscaras o transfiguraciones de personas en animales, como si la vida fuese un eterno carnaval de disfraces.

Joaquín Morales López (Sagua la Grande, 1963), de obsesivo carácter y férrea voluntad por crear. Desde niño ha sufrido disímiles disturbios mentales, y luego de adulto pasó desde cuadros depresivos y alcoholismo, hasta trastornos de la personalidad con inclinaciones agresivas; además de una enfermedad cancerígena, por la que se ha visto bajo tratamientos e ingresos. En las artes plásticas ha encontrado una vía de escape a sus padecimientos, una realidad paralela. Joaquín gusta de experimentar en sus piezas, al punto de lograr complejas texturas y efectos visuales, para los que utiliza materiales y soportes poco convencionales. Suele hacer reinterpretaciones de los maestros de la pintura universal; y siente especial admiración por la obra de los artistas cubanos Wifredo Lam (1902-1982) y Ever Fonseca (Manzanillo, 1938), por quienes se siente influido. Este artista, resulta una especie de copista que constantemente reelabora a los clásicos y hasta su propia realidad, logrando de este modo, escapar de ella. Ha incursionado además en temáticas históricas y políticas, con singulares retratos a Fidel Castro y los cinco héroes.

Ramón Moya Hernández, Moya, (Guantánamo, 1950) Procede de una familia campesina y pobre que vivían en una zona intrincada de las montañas de Guantánamo. En1984 comienza sus primeras obras realizando esculturas de pedazos de madera que recogía por las calles. En ellas esculpía imágenes, que visualizaba antes en las formas de la madera. Ha realizado diversas piezas performáticas e instalaciones, y es considerado un destacado escultor de los ochentas y noventas en la plástica cubana. Sus obras han sido reconocidas por críticos y personalidades del Arte. Ha participado en diversas exposiciones y ha ganado numerosos premios y reconocimientos. Se inspira principalmente en temas políticos y sociales, que aborda con fuerza, en una especie de aparente fusión o juego irónico con lo religioso. Lleva un modo de vida anticonvencional y suele andar descalzo por las calles como parte de sus posturas artísticas. Siente un especial apego por el monte y la naturaleza que lo llevan a experimentar las sensaciones libres de un cimarrón, de ahí que pase largas temporadas en el monte, y que lo sienta como su habitad natural. Por momentos se desdobla en tres personalidades distintas que van cambiando su tono de voz, temas al hablar y hasta su vestimenta. Para la confección de sus obras utiliza materiales naturales o desechados por el uso cotidiano. Conserva parte de sus obras, amontonadas, en un espacio que llama su madriguera. Es un martiano férreo y todo el tiempo parafrasea sus versos y escritos con total lucidez. En la ciudad de Guantánamo se le conoce por sus actos de bondad, consecuencias de sus preocupaciones hacia el entorno y la justicia humana. Moya en sí, es parte de sus propias piezas, de ahí esa imagen sorprendente, que contrasta con su figura menuda y sana humildad. Suele ser objeto de varias leyendas urbanas, y de una eterna interrogante ¿loco, brujo o artista?

Héctor Pascual Gallo Portieles, Gallo (Campo Florido, 1924), de joven fue barbero y era colaborador revolucionario. Su participación fue clave para el triunfo de la batalla a Playa Girón, y en el año 60 se convierte en diplomático, para representar a Cuba por distintos países. Después de su retiro, durante los años del período especial, Gallo no podía ganar lo suficiente para mantener a su familia y abandona su confortable apartamento en el centro de La Habana. Es entonces cuando se establece en el barrio de Alamar, un sitio conocido por la Siberia, debido a los edificios de la década del 70, con diseños importados de la entonces Unión Soviética, en avanzado deterioro y de infraestructuras que nunca fueron terminadas. Allí, la cotidianeidad se le volvió compleja, y entre las carencias materiales y la angustia de no tener que comer, llegó a valorar el suicidio. Pero un día empezó a reutilizar objetos de desechos con una función estética, a otorgarles un nuevo sentido sin despojarlo de su contenido original. A partir de ahí su vida retomó un nuevo curso, que él mismo describe como un renacer desde el Arte. Gallo recolectaba materiales y creó un jardín de esculturas e instalaciones que llamó el Jardín de las Afectos. Mientras, en el interior de su apartamento, empezó a conformar lo que sería la Galería de Afectos, cubriendo las paredes con aglomeraciones de objetos, que narrarían su historia personal. De barba blanca y espesa, brazaletes, collares, y una fuerte carcajada, Gallo es un anciano con aires de profeta y contagiosa alegría, que se confiesa portador de una filosofía humanista, cuya esencia radica en el amor y en esa necesidad de compartirlo, de ser querido. Pide ser enterrado al pie de una Ceiba del jardín, que él mismo plantó hace más de veinte años y donde tiene preparada su propia tumba. Tanto el jardín como la galería de afectos, son sitios reconocidos por SPACES como espacios de arquitectura brut en Cuba. Tanto el jardín como la galería de los afectos, son sitios reconocidos por SPACES como espacios de arquitectura brut en Cuba. En el 2014, a modo de homenaje por su 90 cumpleaños, la Fundación Art Brut Project publicó un catálogo en su nombre y produjo el documental “Gallo, la vida otra vez!“.

Misleidys de la Caridad Castillo, (Mayabeque, 1985) Nace en Güines, un pueblo cerca de La Habana. Durante su primer año de vida se le diagnosticó una sordera neurosensorial bilateral severa, disritmia cerebral y un trastorno del espectro autista. Desde entonces, su madre prefirió educarla por su cuenta, puesto que no existía un Centro de Educación Especial adecuado para su discapacidad. Al no hablar ni escuchar, ha desarrollado con su madre un modo de comunicación por signos y gestos, solo entendibles entre ellas. Desde pequeña le gustó dibujar, pero ya de adulta, comenzó a dibujar grandes piezas de figuras humanas, que recortaba y pegaba en las paredes usando cinta adhesiva. Las imágenes eran de hombres y mujeres musculosos de expresivos rostros y aspectos monumentales, semidesnudos y en poses estáticas. Las representaciones también pueden ser de cabezas en posiciones frontales o de perfil, fragmentos de pies, o animales. Figuraciones que lo mismo agrupa en unidad de tres y cuatro o individualmente; y cuyos tamaños pueden variar, pero siempre usa el mismo patrón para dibujar y aplicar el color. La razón por la que comenzó a representar esta especie de héroes o gigantes, sigue siendo un misterio, aún para su madre, que es la persona más cercana a ella. Quizás de todos los artistas antes mencionados, es Misleydis la artista brut cubana más conocida internacionalmente, gracias a su estrecha colaboración con NAEMI y la Galería Christian Berst; encargados de representarla en prestigiosas ferias y eventos internacionales de arte.[10]

(…)

Yaysis Ojeda Becerra

(Investigadora y crítica de arte)

Madrid, diciembre, 2018.

Notas:
[1] Apenas algunos artículos en la revistas Islas, Signos y Bohemia; o sendos capítulos en el Summa artis, Historia General del Arte, vol I, de José Pijoán (Madrid, Espasa-Calpe, S.A,1955, p.503-512); y de Pierre Roumeguère El arte de los enfermos mentales y de los niños, en el libro El arte y el hombre de René Huyghe (La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1972, p.80-83); ambos ejemplares desactualizados y con terminologías obsoletas. Es de tener en cuenta que en estos años, la búsqueda de materiales online era complejo, debido a las restricciones de la internet; y los libros en pdf de autores como Michel Foulcautl y Humberto Eco, pasaban fotocopiados de mano en mano.
[2] Con este título, también bautizó en 1969, una prestigiosa revista que hasta hoy se mantiene; y mucho antes había publicado el libro Dibujantes y Pintores Populares de Las Villas (Editorial Universidad Central de Las Villas, 1962).
[3] Aclaración oportuna, Islas, números 28, Universidad Central de Las Villas, enero-marzo, 1968, p.258.
[4] En la década del setenta, en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, bajo la dirección del doctor Bernabé Ordaz (1921-2006), tuvo lugar varias iniciativas culturales, que incluían exposiciones colectivas de pacientes y artistas. Paralelamente en el Hospital Psiquiátrico de Santiago de Cuba, dirigido por Alberto Orlandini, se puso en práctica un proyecto de Arteterapia encaminado al tratamiento del alcoholismo en pacientes con desordenes mentales. Con posterioridad en el Hospital Psiquiátrico de Camagüey se trabajó con los pacientes la cerámica, el psicodrama, la ludoterapia y la novela spress. Mientras, durante los noventas, en el Centro de Salud Mental de Remedios (Villa Clara) se creó una brigada artística, para animar tanto a pacientes como a doctores, en aquellos duros años.
[5] Los artistas participantes fueron: Aliegmis Bravo Cuan, Josué Bernal Escudero, Jorge Luis Sanfiel, Isabel Coello Trimiño, Eridanio Sacramento Ramos, Yolmis Mejías, Rachel Paredes, Anelys Valdés Castillos, Amilcar Chacón Iznaga, Frank Michel Johnson Pedro, y Clara Ortiz, entre otros; y los escritores: Yamil Díaz Gómez, Laritza Fuentes, Irina Ojeda Becerra y Jorge Luis Mederos (Veleta). Además de la colaboración de la AHS, Galería Pórticos, UNEAC de Villa Clara, Arche Galería, Fondo de Bienes Culturales, Museo Provincial de Historia, Academia de Arte Leopoldo Romañach, Galería Wifredo Lam de Sagua La Grande, Consejo de las Artes Plásticas y La Piedra Lunar.
[6] Vale destacar: dos muestras colectivas en la embajada de España en La Habana: “Ecos del inconsciente (noviembre 2014) y “Encuentros(marzo 2017), organizadas por Juan Martín y Daniel Klein. La exposición colectiva “Balada para Quasimodo” (febrero 2015), dedicada a la familia Ortiz García, Galería Luz y Oficio, Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño, La Habana, comisariada por Magdalena Rivas Rodríguez, quien también realizaría la muestra personal “El mundo de Gallo”(marzo 2014), en la Casa de la Poesía, Habana Vieja. Además del proyecto “Museo de Arte Maniático”(MAM), constituido por una serie de tres muestras realizadas en Espacio Aglutinador, La Habana, del 2012 al 2013.
[7] Entre las varias muestras que se organizan en Riera Estudio, es de mencionar las colectivas: “Efecto-Corrección”, Fábrica de Arte Cubano, La Habana, abril 2017; “Cuba Outsider”, Galería Hamer, Ámsterdam, nov-dic 2017; y “Dibujos de Cuba”, Museo Kunsthaus Kannen, Alemania, febrero-mayo 2018.
[8] Organización no lucrativa y de beneficio público, creada con un enfoque internacional para el estudio, documentación y preservación de ambientes y actividades artísticas autodidactas.
[9] Se tituló Cuando la luz de la Aurora, y se inauguró en noviembre del 2008, en el Museo Provincial de Historia de Villa Clara. La reseña de esta muestra “Arte bruto en Santa Clara”, por Yaysis Ojeda Becerra, fue publicada en Guamo, año 3, número 3, Santa Clara, enero 2009, p. 2-3.
[10] Fragmento de dos conferencias dictadas por la autora, durante el curso Art Brut: mundos paralelos. Brutalidad y sinceridad en el arte. II Edición. Facultad de Bellas Artes. Universidad de Granada, España, Abril 2018. Este texto fue publicado además en la revista Bric-á-Brac, número 2/2019.

Cipreses y girasoles: solo para locos

                                                                                                                Mutter ich bin dumm (Friedrish Nietzsche)                                                                                                                                        

     Me cuesta definir con exactitud cuándo empezó todo. Quizás, desde mucho antes, con los tomos tantas veces revisados de la Historia de la locura en la época clásica de Michel Foucault, los versos desgarradores de Elise Cowen, o los ojos aterrados de aquella vieja amiga sin salir de casa, porque estar escondida era el único modo de sentirse a salvo; de lo contrario quedaba el encierro en el hospital, el pánico a una muerte interior, a la vida que se escapa. Veía tan delgada y frágil la línea de la razón, que sabía que en algún momento haría algo; y solo tenía el arte.

     Hasta que una mañana por azar, encontré en un mercadillo ambulante de libros, el tomo XV de la Compañía de Art Brut dedicado a la obra de Geovanni Battista Podestà y empecé a indagar en este tipo de expresión artística. Desde las definiciones de Michel Thévoz, Roger Cardinald y Jean Dubuffet a las amplias investigaciones de Hans Prinzhorn[1] y su influencia en el medio artístico de la época. Pero no me bastaba la poca bibliografía que pude encontrar, apenas existía en Cuba publicaciones sobre esta temática; y decidí empezar nuevas indagaciones sobre el Art Brut a partir de mi propia experiencia y estudios prácticos.

     El camino estaba marcado y todo confluyó de tal manera, para que en Mayo del 2008 iniciara el proyecto de arteterapia e investigación Entre cipreses y girasoles, en el Hospital Psiquiátrico Provincial Docente de Villa Clara Dr. Luis San Juan Pérez.

     Estaba claro que sufrir padecimientos psiquiátricos no era una condición indispensable para reconocer una producción artística de esta categoría. A menudo se trataba simplemente de individuos con posturas irreverentes con respecto a las normas cívicas y un gran talento para las artes plásticas. Pero me interesaban en particular, los creadores autodidactas con ciertos rasgos demenciales, ya que sus obras me parecían de un asombroso grado de complejidad. Los esquizofrénicos, en específico, asumen la creación plástica con mayor pasión y de manera representativa intentan traducir sus conflictos internos. Con el proyecto en el hospital, tendría la oportunidad de estudiar sus peculiaridades, a partir de la base del simple trazo o la aplicación desaforada y aparentemente sin sentido del color; para ello trabajaría con un grupo de pacientes esquizofrénicos con aptitudes para las artes plásticas y sin pretensiones artísticas; aunque confieso que guardaba la esperanza de encontrar algún caso significativo, o lo que se suele llamar “el salto de la liebre”.

     Es de considerar que existía poca experiencia en Cuba con la arteterapia que utilizara las artes plásticas u otras manifestaciones en pacientes, salvo escasas excepciones, por demás inconstantes o inexistentes en aquel entonces. Los estudios psiquiátricos cubanos la aprobaban como método de ayuda en el proceso de rehabilitación, pero no determinaban su eficacia, más bien centraban la atención en otras formas de terapia que incluían discretas actividades laborales o deportivas, para mantener a los pacientes ejercitados físicamente, pero no estimulaban su capacidad creativa.

     Durante los años 70, en el Hospital Psiquiátrico Gustavo Machín, de Santiago de Cuba, bajo la dirección del Dr. Alberto Orlandini Navarro, se puso en práctica un proyecto de arteterapia con la finalidad de incidir en la enfermedad del alcoholismo, padecida por muchos de sus pacientes. La idea propició un diálogo entre los enfermos y el arte, y se alcanzaron resultados satisfactorios. Un ejemplo de ello lo constituyen las pinturas al óleo sobre cartón, realizadas por Arístides Goderich Ramos (1937-2004), que aún se conservan en este centro. Arístides decoró el Hospital Infantil Sur y Norte de Santiago de Cuba, así como la mayoría de las instalaciones del Parque Turístico Baconao.[2]

     En esa misma década, pero en el Hospital Psiquiátrico General de la Habana, dirigido por el legendario Comandante Ordaz (1921-2006), difusor de importantes programas de rehabilitación; se realizaron varias exposiciones personales y colectivas de creadores cubanos. Una de ellas fue la muestra Versiones Taquigráficas, integrada por 40 tintas de Olga Hernández, José A de la Osa y Olga de la Osa. La misma fue inaugurada el 17 de julio de 1974 en la Galería del Hospital, habilitada para estos fines, a la que asistieron, además de pacientes y doctores, destacados artistas e intelectuales. Entre ellos Sandú Darié (1908-1991) y Samuel Feijóo (1914 -1992), quien tuvo a su cargo las palabras de presentación.[3]

     Otra de las experiencias tuvo lugar en el Hospital Psiquiátrico Docente René Vallejo de Camagüey, específicamente en el hospital de día, donde se realizaron talleres de creatividad terapéutica con el objetivo de despertar potencialidades en los pacientes. Para ello se impartieron clases de cerámica, técnicas de bordados, además de la inclusión de otras manifestaciones artísticas como el psicoballet, y el dramatizado mediante psicodramas, ludoterapias y la novela express.[4]

     También en el Centro Comunitario de Salud Mental de Remedios, en Villa Clara, se realizaron durante la década del noventa, talleres de rehabilitación que incluían el empleo de la literatura, la música, la pintura y la danza, con la intención de desarrollar en los enfermos la capacidad de expresarse espiritualmente a través de las artes. Los propios doctores de este centro se involucraron de tal manera en estas acciones que llegaron a conformar, junto a los pacientes, una pequeña brigada artística.[5]

     Entre cipreses y girasoles fue un proyecto artístico y comunitario, realizado desde 2008 hasta el 2012, que se escapaba de las tradicionales técnicas de arteterapia, para buscar una mayor incidencia en el espacio del hospital a través de la integración de las artes plásticas a su propia cotidianeidad. Me interesaba, además de las investigaciones, la intervención a través de diferentes acciones plásticas y de otras manifestaciones artísticas, en el intento de transformar un recinto de encierros, agonías y pocas esperanzas, en un espacio generador de cultura.

     Como objetivos específicos contemplaba la valoración de las capacidades estéticas y creativas en un grupo determinado de pacientes esquizofrénicos, así como el análisis de posibles expresiones de Art Brut, tanto en casos conocidos a través del proyecto, como fuera del mismo, apoyar su desarrollo; incentivar el interés alrededor de las artes plásticas y contribuir a la formación del gusto estético y el mejoramiento de la calidad de vida de los pacientes y doctores; implicar a creadores de otras manifestaciones para de esta manera ampliar el espectro cultural del proyecto; ejercer una influencia positiva con los talleres de creación y apreciación plástica, en la terapia de rehabilitación de los pacientes; estrechar el vínculo cultura-salud, tan necesario en el desarrollo de una mente más sana y plena; además de contribuir a la integración social de estos pacientes, con la exhibición de sus pinturas y otras acciones promocionales.

     El título del proyecto se inspiraba en las obras del pintor holandés Vincent van Gogh (1853-1890), posimpresionista y precursor del expresionismo; quien sufrió de esquizofrenia, sin que este padecimiento impidiera su desarrollo creativo. En sus pinturas resultaba notable el empleo de símbolos (tanto en objetos como a través del color) como medio de expresión de estados de ánimos y emociones. Los girasoles, de intensos tonos de amarillo, anunciaban momentos de júbilo, gloria y empatía; mientras los cipreses, aparecían en planos de paisajes donde aparentemente no llamaban la atención, pero despeinados y angustiosos dejaban ver la nota oscura del artista: la muerte, la duda, los miedos, lo trágico. Estado mental en el que se debate un paciente esquizofrénico.

     Desde mis primeras visitas al hospital psiquiátrico, ―de bosquejo y planteamiento del proyecto― pude sentir la tensión que se respiraba, afuera quedaba la realidad citadina, dentro todo funcionaba con reglas, medidas y comportamientos preestablecidos que terminaban por englobar a cada paciente en una misma mentalidad, por lo que se hacía imprescindible la intervención del sitio con la finalidad de cambiar el entorno visual imperante; cambio que en plazos cortos, influiría en el ambiente cultural y social del propio hospital; estrategia cíclica, cuyo efecto favorable recaería una y otra vez sobre los pacientes.

     Por las características del lugar, sabía que tenía que abordar este proyecto de una manera abierta y desprejuiciada. Nuestras acciones debían ser visibles a todos, y las realizaríamos casi por entero dentro del hospital. Sitio de reclusión, submundo donde los pacientes son aceptados, tratados y condicionados; sobre el cual Michel Foucault diría: “El asilo psiquiátrico, la penitenciaría, el correccional, establecimientos de educación vigilada, los hospitales, y de manera general todas las instancias de control individual, funcionan de doble modo: el de la división binaria y la marcación (loco-no loco; peligroso-inofensivo; normal-anormal) y el de la asignación coercitiva, de la distribución diferencial (quién es; dónde debe estar; por qué caracterizarlo; cómo reconocerlo; cómo ejercer sobre él de manera individual, una vigilancia constante, etc.)”[6]

     Téngase en cuenta que para los pacientes el hospital continúa resultando, a pesar de adelantos científicos y técnicos en la medicina, un lugar de aislamiento, o como lo llamase Foucault en otra ocasión, Ciudades de confinamiento,[7] donde se ejecutan prácticas de internamiento, de exclusiones involuntarias, que de algún modo afecta la autoestima del paciente, al verse imposibilitado de seguir la dinámica en colectivo de forma temporal o definitiva.

     De ahí que lo primero que hicimos, fue habilitar un espacio expositivo dentro del hospital con nuestros propios recursos, un una zona de tránsito situada entre las salas de ingreso, el comedor y las oficinas de la dirección del hospital. En este espacio exhibiríamos los trabajos de los talleristas y llevaríamos muestras colectivas, o personales de artistas profesionales. La primera, fue una exposición de reproducciones de obras de clásicos del arte universal, pertenecientes al Centro Provincial de las Artes Visuales; que abarcaba obras de Salvador Dalí, Vincent van Gogh y Marc Chagall, entre otros. A raíz de la misma, ofrecimos un conversatorio e inauguramos oficialmente la sala. A los pocos meses, le siguió una muestra de dibujos y pinturas, realizada por los integrantes del taller. Es de destacar, la buena impresión causada por los trabajos, y la aceptación que tuvieron por parte de pacientes, doctores y el personal de servicio. Fueron notables los efectos positivos en el ambiente hospitalario y en la propia autoestima de los enfermos. Más adelante, en diciembre del 2010 realizamos en una parte de la sala, una pequeña exposición de pinturas, provenientes de un concurso convocado por la artista Yolmis Mejías, quien en sus producciones plásticas trabajaba con vitalidad y desde un enfoque personal, el elemento del girasol; mientras de la otra parte, quedaba una muestra del joven paciente y creador, Arturo Larrea Cárdenas. Por último, tuvimos el privilegio de inaugurar la exposición de fotografía Paisajes Inciertos II (2011), del reconocido artista villaclareño Eridanio Sacramento Ramos. Otra de las acciones que realizamos para mejorar el ambiente del hospital, fue la ejecución de una pintura mural. Gracias a la donación de los materiales por parte del Fondo Cubano de Bienes Culturales y del empeño de los creadores Aliegmis Bravo Cuan (quien se implicó de manera altruista, en cada una de las acciones del proyecto), Josué Bernal Escudero y Jorge Luis Sanfiel Cárdenas, quedó inaugurada el 17 de julio, una pintura mural de 250 x 370 cm, en una de las paredes del espacio expositivo. Valorada en 30.000 pesos, constituyó un homenaje a la ciudad de Santa Clara en su 320 aniversario. Contenía en sus figuraciones, esplendidos girasoles que ocupaban el primer plano, llenando de luz el espacio circundante; el segundo plano fue ocupado con las representaciones de edificios emblemáticos del Parque Vidal: La Biblioteca Martí, la Glorieta y el Teatro de La Caridad; habitados por pequeños rumiantes, de la autoría de Sanfiel, que retozaban tanto en las puertas como en ventanas de las edificaciones. Al fondo quedaba un cielo azul de remolinos vangosianos. Este mural de brillante colorido, fue el orgullo de pacientes, familiares y trabajadores; y para nosotros, un triunfo, al trasladar el paisaje arquitectónico del centro de la ciudad (espacio externo de esparcimiento) hacia el interior del hospital (espacio interno de confinamiento).

     Pero aún existían muchas zonas y paredes desvalidas dentro del hospital, por lo que fomentamos la donación de obras de arte, para colaborar con la ambientación del mismo. Tuvimos la grata sorpresa de recibir obras de los artistas Frank Michel Johnson Pedro, Amilkar Chacón Iznaga, Joaquín Morales, y Arturo Larrea; que quedaron dispuestas tanto en la recepción, la biblioteca, algunas consultas y en las oficinas de la dirección.

     El eje central del proyecto era el Taller de creación y apreciación (o taller de arteterapia), que contemplaba el aprendizaje de varias técnicas de las artes plásticas (tempera, acuarela, pastel, dibujo, collage); encaminadas estratégicamente a la recuperación de la destreza manual y sensibilidad táctil de los pacientes; dominio del color; estimulación de la fantasía y del disfrute de un momento de esparcimiento espiritual. El taller incluía ejercicios de apreciación que posibilitaban un mayor acercamiento a la manifestación e incrementaban los conocimientos básicos sobre la historia del arte; haciendo énfasis en el Arte Cubano. Con dos frecuencias semanales, estaba dirigido hacia un grupo de pacientes esquizofrénicos de diferentes edades, sexos y nivel de escolaridad. Contó con la participación de varios artistas de la plástica villaclareña: Aliegmis Bravo Cuan, Josué Bernal Escudero, Isabel Coello Trimiño, Rachel Paredes, Anelys Castillo y Yolmis Mejías.

     En la arteterapia se aprecian dos vertientes principales: la que utiliza la plástica como medio de facilitar un diálogo paciente-terapeuta, con el objetivo de elaborar posteriormente y de manera verbal, el contenido plástico creado; y por otra parte, la que se centra en el desarrollo artístico del enfermo. La primera, es aplicada por psicólogos o psiquiatras; la segunda, por especialistas en Artes Plásticas o artistas, que actúan supervisados en su mayoría por doctores, ya que su labor es planteada como complementaria a una labor psicoterapéutica. Este era el caso de nuestro taller de terapia artística, caracterizado por la relevancia del proceso de creación sobre el producto artístico ―en cuyas limitaciones, trabajaríamos las dificultades para simbolizar la experiencia, y ampliar las habilidades manuales con el aprendizaje y uso de materiales de creación y técnicas―; la importancia de la creatividad, bajo el supuesto que su desarrollo favorecería el surgimiento de soluciones creativas en otras áreas de la vida; y énfasis en la creación espontánea, sin importar el grado de pericia plástica, con un objetivo más bien expresivo.

     Dado el interés de los talleristas por la literatura, en especial la poesía, vi oportuno propiciar la participación de algunos escritores. Estos encuentros fusionaban la plástica a la literatura mediante un sencillo ejercicio: los pacientes pintarían a partir de la lectura de las obras por sus autores. No fue solo un ejercicio de acercamiento a la literatura, sino también al medio cultural de la ciudad. Entre los escritores invitados estuvo: Yamil Díaz Gómez, Jorge Luis Mederos (Veleta), y la poetiza Lariza Fuentes López. Otra aproximación a la literatura, fue mediante el diseño manual y personalizado de libros, como el poemario El ojo milenario, (Editorial Sed de Belleza, Santa Clara, 1995) de Lina de Feria.

     La magia de este taller estaba en los pacientes que lo sostenían. Cada martes y jueves me esperaban, o en caso de permanecer ingresados, confiaban en que los buscaría en sus propias camas. A veces con los medicamentos apenas lograban trabajar, pero insistían porque al terminar nuestra hora, se sentían relajados y satisfechos. Solo paraban en días de fuertes crisis, para luego volver sin falta. Recuerdo mi asombro la primera vez que vi pintar a Sabily Rodríguez, era también su primera vez pintando, su fluidez y seguridad eran increíbles, al igual que su inclinación por la poesía; estaba William Martín con su preferencia por los retratos, de trazo limpio y tímido; Yasmany Hernández de mirada infantil, con su obsesión por los superhéroes, algunos de conocidas series de animación, otros de su propia invención, y todos autorreferenciales. Osmíl Machado, el más inquieto y familiar del grupo, poseía una llamativa capacidad de síntesis para imágenes que representaba por lo general en movimiento, desde diferentes puntos de fugas;[8] Belkis Morales, de sonrisa afable, con sus cuidados dibujos a manera de bordados; María Esther y Rosa, tan constantes y entregadas en el disfrute de cada encuentro, ambas, autoras de figuras desproporcionadas y grotescas siluetas; Adolfo, quien afectado por un incidente familiar, prefería pintarle al amor y la naturaleza; o los trabajos sobre antiguas civilizaciones de Ricardo Calsines; entre otros talleristas que fluctuaban con menor periodicidad.

      Pero de todos, se destacaban las piezas del joven Arturo Larrea Cárdenas, un joven paciente de esquizofrenia. La liebre al fin había saltado.En Arturo encontré amplias posibilidades para la manifestación y un talento innato. De formación autodidacta y expresivas figuraciones, abarcaba temas que iban desde la religión, las relaciones de pareja, hasta el homenaje a grandes maestros del arte. Era necesario apoyarlo en su crecimiento artístico, y con tal fin, le organicé una muestra personal titulada Cuando la luz de la aurora, inaugurada en noviembre del 2008 en el Museo Provincial de Historia de Villa Clara, con alrededor de dieciocho obras, entre cartulinas y lienzos. Arturo vive refugiado en el arte y en la religión, y se mantiene pintando desde la tranquilidad de su poblado de Jiquiabo. Resultó premiado en el Salón Nuevo Espacio (2009) que convoca la Galería de Ranchuelo, donde luego realizó otra muestra personal, que además llevó a la Galería Wifredo Lam de Sagua la Grande. Gracias al proyecto y a su constancia, pudo participar en la exposición Colectiva Encuentros (2010), convocada por la AHS en la Galería Provincial de Arte.

     Otras actividades que se contemplaron en el proyecto fueron las visitas guiadas a las galerías de arte y las exposiciones de los talleristas fuera del hospital; una de ellas fue, la muestra colectiva realizada en la librería La piedra Lunar, durante los meses de enero y febrero del 2012.

     Como resultados alentadores de nuestra labor en el proyecto, estaban las certificaciones oficiales de los doctores que afirmaban la disminución de ingresos y del uso de fármacos en el tratamiento de los talleristas; quienes manifestaban un mejor humor y una actitud mucho más participativa y cordial tanto en el hospital como en sus hogares. En cuanto al ambiente del hospital, es de señalar el significativo cambio que se respiraba, gracias a la pintura mural, las donaciones de obras, y las distintas exposiciones que hacíamos en nuestro espacio, utilizado ahora como sala de recreación y visita.

     Durante estos cuatro años, asumí ―además de mi habitual profesión de galerista, comisaria y crítica de arte― el rol de “la profesora”, como solían llamarme los talleristas. De ellos, estoy segura haber aprendido mucho más de lo que pude enseñarles; un valioso conocimiento que constituyó la base para comprender e identificar las expresiones plásticas en artistas brut, y el embrión de parte de las investigaciones que hilvanaron los posteriores textos del El aullido Infinito. Este Proyecto, fue el mayor trabajo de campo que hasta hoy he podido hacer dentro del género por la gran cantidad de apuntes y material recopilado; sin dejar de ser consciente de lo importante y humano que resulta compartir tu universo artístico con quienes, por disimiles circunstancias, no tienen acceso a él; de dedicarles una canción, un libro, una pintura, o el simple gesto de detenerte, a pensar en ellos.[9]

Yaysis Ojeda Becerra (Madrid, 7 de abril, 2016)

Notas

[1] Historiador del arte y psiquiatra vienés, que consideraba la motivación creativa como motivación básica de la especie humana, y que toda creación albergaba un potencial de autosanación. En 1922 publicó el libro Expresiones de la locura, primer estudio detallado de las expresiones visuales de pacientes internados, y sostenía que la expresión artística de estas personas emergía de la misma fuente de la cual pudiese proceder cualquier otra expresión plástica profesional. Valoraba al máximo la producción artística realizada por pacientes y logró demostrar que la necesidad de expresión intuitiva sobrevive a la desintegración de la personalidad. Creó la colección Prinzhorn, que albergaba obras de pacientes psiquiátricos, con la que realizó exposiciones en Francia, Suiza y Alemania, detonando el ambiente artístico del siglo y contribuyendo a la formación de profesionales e instituciones, que posteriormente dieron lugar al surgimiento y desarrollo de la Arteterapia. (prinzhorn.ukl-hd.de)
[2] Arístides Goderish Ramos. El arte en el Gustavo Machín. Reportaje realizado por el periodista Ángel León Cabrera, Noviembre 2003.
[3] Feijóo Samuel, “Los osos se usan”, Signos, n° 19 (1976): 183-205.
[4] Datos obtenidos mediante la comunicación personal con la doctora Miryam Caballero Hernández, promotora de estos talleres de rehabilitación.
[5] Información recibida del doctor Antonio González Salazar, uno de los psiquiatras implicados en la mencionada brigada, en la cual participaron los artistas Julián Espinosa Rebollido (Wayacón) y Jesús Espinosa Carrillo (1951), este último era también paciente del Centro de Salud.
[6] Michel Foucault, Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión, (México: Siglo Veintiuno Editores, 1976), p.184.
[7] Foucault, Michel, Historia de la locura en la época clásica I, traducción de Juan José Utrilla (Colombia, 1998), p. 43.(en www.biblioteca.d2g.com)
[8] Detalle característico de las creaciones realizadas por pacientes con esquizofrenia, descrito en José Pijoán, “Las manifestaciones artísticas de los alienados”, en Summa Artis. Historia General del arte, vol. I (Madrid: Espasa-Calpe, 1995), p. 508.
[9] Este texto aparece también publicado en la Revista Sans Soleil, volumen 8,  sección Bric-á-Brac, diciembre 2016.