Por aquellos días, ella estaba siempre justo en la puerta de la iglesia de San Sebastián. Allí vendía lienzos al óleo de pequeño formato y brillantes colores, con imágenes religiosas, apariciones místicas y ángeles que deambulaban por las calles de Madrid; mientras, extendía del otro lado, el vaso para la caridad.
Dos artistas del hambre I
Él, pintaba los soles que tanto añoraba en prisión. Esperaba que la luz apareciera entre los barrotes cada mañana y así estuvo durante años. Era una suerte que al fin pudiera ver los amaneceres en libertad, en la calle; y sentir la luz directa sobre la piel, sin restricciones de horarios o espacios.