ARTISTA, PROFETA y LOCO

Yo no sé ni quién yo soy
cuando yo mi verso invoco;
para unos soy un loco
y no sé hacia dónde voy.
Todo, mi amigo, lo doy,
con afecto y con amor,
simplemente soy pintor;
soy grande en el universo;
soy la palabra y el verso.
Mentira: ¡soy jodedor!
Bofill

Cuando se logra una imagen plástica desde una postura aberrante –que presupone el desvío del comportamiento racional–, la obra alcanza una irreverencia y un magnetismo tal que a priori parecería caótica y, en cambio, estaría proponiendo un orden otro, posible de apreciar solo desde la mirada del desatino, la extroversión y el placer de encontrar en lo grotesco un espacio de liberación, de nuevas puertas hacia el entendimiento y la lógica humana. Los apuntes de Jean Dubuffet sobre las aberraciones en la plástica fueron precisos en ese sentido:

«También las aberraciones deben estar representadas en el coro de la obra de arte ¿Por qué no? ¿Acaso no son facultades humanas? ¿No forman parte, como tales, más o menos copiosamente, del mecanismo psíquico del ser humano? ¿No conducen quizás a los descubrimientos más valiosos? ¿Es que el arte no comienza con las aberraciones?[1]«

En esta condición se encuentra la obra de Noel Guzmán Boffill Rojas (1954), uno de los artistas más controvertidos de Villa Clara, cuya creación plástica muestra al hombre en sus debilidades, grandezas, aciertos y extravíos.

En el número 50 de calle Sol de Remedios creció Noel, marcado por el ambiente marginal del barrio y las inquietudes culturales de su familia: la madre, Ángela del Socorro Rojas García, escribía décimas y dibujaba; decimistas fueron también la abuela y su tío Kid Rojas, el boxeador; el tío Ramón Rojas (Tao) tocaba la marímbula; el hermano Jorge Rojas tocaba el violín; en cambio, su hermana Gladis Aponte prefirió el teatro y se graduó como actriz del Guiñol.

 A los quince años entra Noel Guzmán en la escuela militar Camilo Cienfuegos, de Santa Clara. Una vez allí, no se adapta y finge dolores en las piernas para dejarse operar de várices y obtener la baja académica. Intenta continuar estudios en una escuela de Inseminación Artificial, de donde lo expulsan bajo sospechas de homosexualidad. Desde entonces le gustaba vestirse y peinarse de forma extravagante, y fue un detalle erróneamente interpretado por los profesores y la dirección de la escuela. Noel, que no dejaba de meterse en líos, es llevado a un centro de reducación de menores en Camagüey. Luego, al integrarse al servicio militar, provoca con su exaltada personalidad –contraria a la disciplina del ejército– ciertos disturbios que le valieron meses de encierro en una unidad especial. Por esta fecha empieza a correr en las pistas de atletismo, movido por su admiración al bicampeón olímpico Alberto Juantorena.

 A partir de 1975 Cuba convoca a sus ciudadanos a solidarizarse con la independencia de la República Popular de Angola, y Noel no vacila en presentarse. Las autoridades se negaban a llevarle: le creían loco. Se sube a la fuerza al camión de reclutamiento con un cuchillo a la cintura, y no deja otra opción a los responsables que permitirle llegar hasta la capital junto a los reclutados. Una vez allí, convence a los altos oficiales y parte hacia el continente africano.

 De sus casi dos años en África guarda medallas y diplomas que reconocen sus méritos de combatiente internacionalista, el recuerdo de las salidas y puestas de sol sobre las sabanas, el regocijo de haber ganado amistosos maratones contra corredores rusos y africanos y la desagradable experiencia de combates a fuego abierto, causantes de pérdidas en su audición y de serias afecciones nerviosas que –a su regreso a Cuba– motivarían la decisión de la hermana de llevarle al Hospital Psiquiátrico de Santa Clara, donde no lograron ingresarlo, porque amenazó con el suicidio a los doctores y a su propia familia.

 En los años siguientes realiza diferentes oficios: fregador de platos; vendedor ambulante de tamales, anoncillos, maní, marañones y periódicos; lustrador de zapatos; barrendero; mozo de limpieza; pinche de cocina; sirviente de comedor; peón; ayudante de albañil; constructor de pozos; despedidor de duelos; músico callejero; cortador de cañas; carpintero encofrador; aprendiz de hojalatero; colchonero; profesor de Español y Atletismo e instructor de Ajedrez y Tenis de Mesa. Escribía cuentos, noveletas y poesías –décimas sobre todo– que disfrutaba recitar en público. En tanto conoce a Maritza Atanes Alemán, con quien se casa y tiene a su hijo, Dariel Boffill Atanes.[2]

 Su incesante espíritu lo lleva en 1983 a realizar una caminata desde Santa Clara hasta La Habana, con el objetivo de promover el Club de Oyentes de Radio Liberación, homenajear a los mártires de Granada, el aniversario vigesimoséptimo de la llegada del yate Granma a costas cubanas y el vigesimoquinto del triunfo de la Revolución. Para ello hizo coincidir la fecha de su salida y arribo a la capital con las fechas históricas de partida de los expedicionarios desde México (27 de noviembre) y su posterior desembarco en costas cubanas (2 de diciembre). Caminó durante siete días –el mismo tiempo empleado en la expedición– por la Carretera Central, a razón de cuarenta y siete kilómetros por jornada. Para despertar mayor expectativa alrededor de esta singular empresa, mantuvo su identidad oculta, haciéndose llamar el Caminante Incógnito. En la travesía, las radioemisoras mantenían a la audiencia informada de su paso por cada pueblo, y el periódico Girón de Matanzas le dedicó un artículo. A su arribo a La Habana, le esperaban los trabajadores y dirigentes de Radio Liberación ansiosos de conocerle. Presentado ante los estudios de televisión, Bofill cuenta las peripecias del largo recorrido y revela su verdadero nombre.[3] Con este episodio se hizo popular con el sobrenombre de Juantorena entre quienes aún no lo conocían.

En sus visitas a intelectuales remedianos comienza a interesarse por la pintura. Y recuerda que una noche, mientras dormía, se le apareció una mística estrella que le anunciaba su camino en el arte, y, tras contárselo a su madre, decidió empezar a pintar. Desde entonces su vida tomaría un nuevo rumbo. Formó parte del Colectivo Plástico de Remedios y llegó a establecer contacto con Samuel Feijoo, quien –a pesar de su salud en deterioro– le ofreció valiosos consejos: “Dibuja lento, pero constante –le decía en cartas–; no permitas que nadie te dé clases”. 

 En 1986, con treinta y dos años de edad, realiza su primera exposición personal, constituida por más de veinte óleos en pequeño formato, montados sobre tendederas en el parque de Remedios. Estos primeros pasos no fueron del todo felices. Pocos comprendían aquella manera peculiar de pintar: muchos agredían sus pinturas y le ofendían sin razón. Le negaban exponer, mientras su familia insistía para que renunciara a esa vocación, y la esposa –quien con el tiempo se convertiría en su mayor apoyo– le presionaba al extremo de darle a escoger entre ella y el arte.

Comienza a viajar a La Habana Vieja y proponer sus obras a los transeúntes, a riesgo de ser multado. Visitaba importantes museos, talleres y galerías. Conoció a personas influyentes que, cautivadas por sus lienzos, no reparan en brindarle ayuda. Mercedes Peñaranda –directora de la galería La Acacia– le lleva a conocer al pintor Roberto Fabelo, quien le ofrece amistad y colaboración. Los críticos Orlando Hernández y Ramón Vázquez compran obras suyas para la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, como la pieza Las profecías de Ezequiel (1997), que hoy integra la muestra permanente de dicha institución.

A finales de los 90 Boffill es encausado y cumple condena en diferentes prisiones de Villa Clara. Este suceso influiría determinantemente en su estilo pictórico, al quedar cautivado por los tatuajes que los reclusos utilizaban con una función decorativa o para disimular viejas cicatrices: contenían impresionantes imágenes religiosas, invocaciones de amor a la pareja y la familia, refranes y amenazas de muerte. Le hacían recordar cuánto le apasionaban desde niño.

NGB: Cuando niño visité una prisión de mayor rigor con Enrique Pedroso porque su padre era un oficial del Minint que trabajaba en esa cárcel de Remedios –que ya está cerrada–, y me impresionaron aquellos cuerpos tatuados. Con posterioridad, en mi vida juvenil tuve desaciertos o caídas –aparentemente– más traiciones de personas que les hacen trampas a los seres humanos por las ingratitudes de la vida y por la envidia. Entonces estuve en prisión y estudié los tatuajes desde el punto de vista del lienzo viviente sobre la piel. ¡Vi los grandes dibujos o las grandes pinturas, o dibujos coloreados de Santa Bárbara, de la Virgen de la Caridad del Cobre, de Yemayá, de Ogún, de Obatalá!, etcétera, ¡muchos Jesucristos! A tal extremo eso ha influenciado en mi obra que yo soy uno de los pintores del mundo que más Jesucristos ha pintado, más de cien. También vi –y luego he pintado– mucho al Che, Camilo y Fidel. Entonces yo me decía: “¿Cómo yo podría estar preso para ver esas cosas, para vivirlas?”. Pero, en realidad, no pensaba que yo podría pintarlas: más bien manifesté mi obra en la literatura, escribiendo letras de guaguancó, de tango, poesías. Pero con posterioridad, cuando la vida se ensañó conmigo, ¡fui marcado por el rigor de la propia existencia y de los defectos humanos! ¡Tuve que ir a prisión! Y vi todas aquellas maravillas, tristes y dolorosas maravillas; porque no es hermoso el hombre que se hace el tatuaje sobre su piel, ¡pero sí es hermosa la obra de arte! Incluso castigado por la propia Biblia, porque si una persona se hace un tatuaje, sabiendo que eso es un pecado, ante Dios es un gran pecador; pero aquellos que no lo sabían y se lo hicieron, no son pecadores. Bueno, la cosa es que yo me he inspirado, y prácticamente mi obra está inspirada en los tatuajes y en las cosas kitsch que se hacen, por ejemplo: un yeso de un indio, las cosas de mal gusto. ¡Y esta ha sido mi pintura! ¡Yo pinto las cosas feas y las transformo!, aun cuando pinto sobre la naturaleza; pero no pinto las cosas bellas de la naturaleza sino más bien las transformo, y pinto las cosas feas de la naturaleza. Hay mujeres muy lindas, yo no solo pinto mujeres lindas, también feas, que dicen que son feas, pero en realidad ¿qué mujer fea no tiene algo hermoso?

YOB: Entonces, ¿sus vírgenes vienen de ahí?
NGB: ¡Por supuesto! Y después con el no dominio del dibujo perfecto, porque somos pintores que no dominamos el dibujo como tal, pero sí somos grandes pintores porque somos grandes coloristas…

Mientras estuvo recluido, Boffill pintaba sin descanso sobre cualquier soporte, incluso sobre los fragmentos de sus pantalones. Había encontrado una fuente de intensa inspiración y empezó a insertarse sin dificultad en el entorno de las prisiones, espacio generador de cultura propia, donde se heredan de compañero a compañero técnicas artesanales y pictóricas que sobreviven solo en este ambiente, y fuera de él perecen al cambiar las situaciones sociales y los hábitos del individuo. Aquí subyace –gracias a las costumbres y motivos individuales– la realización de expresiones visuales únicas por sus características y condicionadas por una fuerza emotiva que es empujada hacia el exterior del sujeto en situaciones límite.

Al salir de prisión, se muda con su familia a la finca Tintoré en San Juan de Amaro. Allí, en una casita de guano y madera, clavaba las obras a las tablas de las paredes. Le gustaba pintar desnudo o bajo torrenciales aguaceros para sentirse más cerca de la naturaleza. Gracias a la constancia y esfuerzo, sus condiciones de vida mejoraban a la par de su crecimiento artístico, y logró mudarse al pueblo de Santo Domingo, antes de viajar a Argentina para exponer su obra plástica. Le aguardaba un futuro colmado de éxitos profesionales.

Boffill ha tomado parte en más de noventa exposiciones nacionales e internacionales. Su pintura, de una solidez incuestionable, forma parte de valiosas colecciones públicas y privadas. Emplea diversos soportes: cartón, madera, muebles, puertas, relojes, palmas, objetos y prendas de vestir.[4] En la necesidad de superarse a sí mismo, se ha atrevido a explorar otras técnicas y manifestaciones visuales como la cerámica, el collage, la escultura, la instalación, el body art, y el performance, razón por la cual prefiere otorgarse el calificativo de artista contemporáneo. Posee un estilo auténtico, de “exagerada originalidad”; [5] avalado por premios, menciones y reconocimientos. Es considerado por la crítica un exponente significativo del arte naif en Cuba –aunque no le gusta que lo encierren en esta clasificación– por los temas que suele trabajar, y que coinciden con esta vertiente, entre otros: las leyendas y parrandas remedianas, los paisajes rurales, y las representaciones religiosas de deidades católicas y afrocubanas.

Fue practicante de la santería durante su niñez y primera juventud, y confiesa haber abandonado su devoción hacia los orishas, a quienes respeta y pinta cual iconos culturales y motivo de fe. Cree en Dios como ser divino y todopoderoso; de ahí también sus tantas representaciones. Por otro lado, las numerosas vírgenes de Bofill –presentes en cada exposición suya– poseen un elevado sentido sacro y una majestuosidad insuperable.

YOB: ¿Tiene preferencia por algún tema?
NGB: No, yo no tengo tema que prefiera, ¡yo pinto! Lo que no me gustaba era hacer retratos, y hoy día he hecho más de quinientos  –asombrosamente– ; pero me gusta mucho hacer paisajes marinos, paisajes campesinos, paisajes de la ciudad, naturalezas muertas, iglesias, vírgenes, santos. Me gusta hacer abstracciones, pero sé que no es mi fuerte. Soy un pintor naif, primitivo, popular, autodidacta, contemporáneo, ¡como quieran llamarme! Pinto a las mujeres, pinto a los hombres, pinto a los niños. Ahora se me está ocurriendo que quiero hacer unas cuantas cosas de mal gusto, ¡de terror!, porque veo cómo la gente consume tanto el terror por películas y demás; y voy a hacer unos cuantos, ¡cuatro o cinco cuadros que van a estremecer a la gente! ¡Para joder, para meter miedo, para fastidiar!

Ha desarrollado otras temáticas relacionadas con sucesos internacionales, hechos históricos y héroes patrios por los que experimenta una particular obsesión, [6] al extremo de convertirlos en divinidades. Cultiva el género del retrato –con inclinaciones hacia lo caricaturesco, sin ser esta la intención– para representar amigos, parientes, relevantes figuras de las artes, las letras, la historia y la política [7] e incluye el autorretrato: [8] en ocasiones se autorepresenta concienzudamente, fusionando su imagen a personalidades en una especie de trasferencia espiritual; aunque también podemos encontrar su fisionomía, de manera casual, en retratos hechos a segundas personas. 

Es de señalar la expresividad que logra en los rostros, que por lo general carecen de sonrisa. Aquellos de perfil, presentan una exagerada ondulación en las siluetas; y los realizados en posición frontal, son características la forma semiacorazonada de la cabeza y las poses estáticas. Los ojos constituyen una zona determinante en cuanto a significados que varían a partir del retratado; comúnmente permanecen muy abiertos, y las pupilas no siempre llegan al borde de los párpados. Las pestañas inferiores son representadas de manera acentuada; en cambio, las superiores no siempre aparecen. Las cejas, de espeso grosor, adquieren la misma longitud de los ojos, y pueden convertirse en símbolos o atributos que complementan la personalidad o historia del sujeto representado. El entrecejo es utilizado con igual intención. Esta zona superior del rostro, importante por su contenido visual, permanece en interacción con otros elementos narrativos de la obra situados en planos posteriores. Su sola presencia bastaría para la representación del sujeto, sin necesidad de añadir otros rasgos faciales. En el pelo, la figura se libera y complementa con graciosos movimientos que van desde espesas cabelleras dispuestas en redondo hasta otras de realzadas puntas o desflecados mechones que simulan flotar en el viento y el agua. En cambio, pies y brazos son de una total desproporción respecto a la figura; de ahí la impactante combinación que resulta de monumentales piernas en cuerpos de relativa pequeñez. Las manos, en específico, adquieren mayor protagonismo al ocupar una función de apoyo, de realce, de énfasis, en gestos y acciones.

Sus pinturas primitivas, de torpes trazos y acentuados contrastes, guardan especial similitud con las figuraciones infantiles. De ellas es propio el contorno de rígidas figuras por una especie de trenzado o cadeneta, para luego rellenar las delimitadas áreas con colores planos y enérgicos. Bofill es lascivo en el dominio de los colores que pliega a sus designios. Los utiliza en tonos intensos, incluso si la gama es clara, y superpone el mismo una y otra vez empleando la mencionada cadeneta y ricos empastes que terminan por imprimir a la obra sensaciones táctiles. Con estas incitadoras texturas[9] queda planteada una intención lúdica con el espectador, antes involucrado en la gracia de la imagen plástica.

Lo sexual es tratado desde disímiles enfoques, y emplea con frecuencia la representación de órganos sexuales sin que contengan un marcado carácter erótico, [10]  aunque con cierto tono desenfadado por la manera impúdica y desprejuiciada que el artista trabaja el desnudo, ya sea a través de la pintura, la fotografía o el performance. Con total naturalidad ha llegado a representar los cuerpos de los héroes patrios, que quedan dismitificados en el gesto frágil y cercano que propone la desnudez.

YOB: ¿Cómo concibe lo sexual dentro de la obra?
NGB: El sexo es una de las maravillas grandes del ser humano. Sexo normal existe, y el aparentemente anormal, y hasta el paranormal. Tengo amigos que experimentan el sexo en alucinaciones, no es mi caso. Y existe el sexo entre personas y animales, frecuente entre la etapa de la niñez y parte de la juventud. Hay ancianos y ancianas que también lo practican, y no lo considero cosa malsana. En mí es maravilloso, bueno, bello. El sexo forma parte del desahogo espiritual del ser humano, de los animales y de las plantas, las piedras, y otros objetos que pueden estar en constante movimiento sexual. Pero poco conocemos las personas de la vida del sexo. Se manifiesta en sueños, en ideas, en pasión, en la poesía, la danza y demás expresiones del arte y de la vida común. Las representaciones que hago son muchas: en falos, piedras, en la frutabomba, en una línea no definida y oculta sin intenciones, en juguetes visuales hechos de líneas, en aves, sueños. Esas son representaciones poéticas. Y en la fotografía podemos representar también los órganos sexuales. El sexo en mí, el más grande y agradable, es el que realizo con mi mujer. Pero he estado con dos mujeres, pecado capital, tratando de hacer el sexo, y en realidad no he hecho sino papelazos porque las fuerzas no me daban, ni cuando era joven. Me gusta el sexo grupal, pero no lo realizo por temor a Dios. Me agrada el sexo playero, en las playas de nuestra patria y el sexo en el campo, los cañaverales, los montes. Los he realizado, y me encantan. No me agrada tener sexo con personas de mi propio sexo; pero no me opongo a ellos ni los ofendo ni los odio: les aprecio como seres humanos que son de gustos diferentes al mío. Y es tan bello el sexo que me gustaría hacerlo contigo; el hombre que no se arroje a tus pies, es hombre débil, mujer de extraordinarios encantos…

Bofill se deja llevar por el arrebato en que se encuentra para disfrutar de la libertad del inconsciente. Trabaja sobre el lienzo sin elaborar bocetos y solo en algunos casos organiza antes sus ideas. La obra Virgen de la Caridad del Cobre (2009) [11],  evidencia su embriaguez en tal estado. En esta virgen de prominentes ojos y larga melena negra, los trazos del pelo se confunden con el mantón azul que se disuelve en la mancha: cabellera, mantón y agua se degradan y ensucian unos sobre otros con total automatismo psíquico. El fondo de intenso azul varía en sus tonos, el silencio deviene recurso, y se crean zonas de aparente vacío; la mancha –que no llega a ser del todo abstracta– protagoniza y construye caprichosas formas de peces e indescifrables símbolos en las profundidades marinas, sin responder a una intención predeterminada. El inconsciente, ajeno a condicionamientos estéticos, da rienda suelta a la espontaneidad, marcando la diferencia y frescura de la pieza. En cada esquina superior del lienzo los astros antropomorfos bendicen a la portentosa marinera; su corona y vestido amarillo son bordeados por líneas de color negro, y una tenue zona sin pigmento alguno evita el contacto de las vestiduras con el agua, efecto que enfatiza la acción de salvamento y contribuye al relato del hallazgo, según el cual la imagen que hoy se venera en el santuario del Cobre fue encontrada en la bahía de Nipe con las ropas secas. La falda de la virgen termina en graciosas puntas, y por debajo asoman gigantescos pies con los dedos curiosamente dispuestos hacia una misma dirección. Las gruesas piernas de las vírgenes de Bofill dotan a las figuras de una fortaleza y monumentalidad presentes en pocas representaciones marianas. En la base de la obra reposan sus tres acompañantes fieles. En la distribución del color amarillo, la obra presenta una estructura triangular inversa, que va desde las puntas superiores –los astros– a la figura central –la virgen– para concentrarse en el vestido de esta. La firma del pintor también va en amarillo e indica que es el color que pretende destacar.

YOB: Cuénteme un poco más sobre el proceso de elaboración de sus obras.
NGB: Hay cuadros que yo tengo preconcebidos con algunos diseños. Eso depende del estado emocional y del trabajo que voy a hacer, porque –por ejemplo– si yo me inspiro en Gérald Mouial –por ponerte un ejemplo– y le voy a hacer un retrato y voy a poner dentro de su cuerpo y a su alrededor cincuenta y un cuadros pintados, aparentemente, por cincuenta y un pintores cubanos –que son interpretaciones–, entonces tengo que estudiar los cuadros de esos pintores y estudiar sus firmas. Pero hay veces que yo no dibujo el cuadro y trabajo directo pintando. Eso es según el estado de ánimo, son procesos diferentes: unas veces lo hago dibujando, otras sin pintar. Unas veces no sé lo que voy a hacer y otras veces sí sé lo que voy a hacer. Me agrada casi siempre que en la mayoría de los casos no sepa lo que voy a hacer; pero no siempre, porque no soy un loco. Cuando tengo la cordura sé lo que voy a hacer, ¡y así!

Los lienzos –pintados con óleo o acrílico– casi nunca poseen bastidor o marco. Al inicio trabajaba sobre la tela sin darle la debida imprimación y construía recargadas composiciones sin jerarquizar figuras o planos, con desordenadas manchas que aprovechaban todo el espacio posible. Con la evolución de su obra, empezó a trabajar sobre lienzo imprimado, y sus composiciones se volvieron más sobrias y menos desenfadadas; situaba una figura principal en un primer plano y organizaba una coherente narración a través de símbolos ubicados en el trasfondo. En algunos casos esta figura principal aparece tan vinculada al fondo de la obra que se produce una rica unión entre planos, por la presencia común de elementos y signos. Los textos que emplea refuerzan la trama y pueden ser: décimas suyas, un eslogan, refranes, nombres propios de personas o lugares. 

Mediante la plástica, Bofill expresa una peculiar filosofía de vida, que fusiona lo místico, lo absurdo y lo poético con la realidad. En ese incesante interés por exteriorizar y compartir su arte –aunque este no siempre se comprenda y valore con justeza, a pesar de sus triunfos profesionales– ha convertido su casa en un verdadero santuario artístico donde obras y objetos de la cotidianidad coexisten hasta fusionarse y crear un ambiente criptico pero acogedor. Las paredes internas y externas han sido decoradas con pinturas murales, y fragmentos de obras se utilizan con diafanidad y rara elegancia.

Cada acto que Bofill realiza lo enfoca desde la visión del arte y del artista; de ahí el acento de simulacro de las escenificación que improvisa con tonos discursivos en cualquier circunstancia. Ama la oratoria y el ser escuchado; en su excentricidad es evidente una nota humorística e infantil que va de lo maldito –y poco tolerable– a lo inocente. No tiene cálculo preciso de las reacciones que provoca en el público con sus desatinadas manifestaciones y sus gestos. De inquietante presencia, es un pícaro fabulador, atrevido y de pensamiento ágil. Su necesidad de exteriorización verbal está condicionada por la búsqueda del triunfo, la admiración y el reconocimiento social.

NGB: Y digo algo que es feo decirlo, pero lo voy a decir: La pintura en el mundo actual está semimuerta, ¡es una porquería! La mayoría de esos pintores del mundo son falsos pintores que están copiando a Vincent van Gogh, a Chagall, a Picasso, a Lam, a Feijoo, etcétera. ¡Todos son unos sobre otros! ¡Sinvergüenzas: no saben nada de arte! Casi no se sabe nada de literatura. Se están copiando y copiando. Y los periodistas no saben nada de arte, y lo que hacen es escribir sobre los amigotes que están triunfando, y no profundizan como deben profundizar. Otros que tienen muchos contactos y mucha plata están saliendo constantemente por la radio y la televisión. Y ya hasta dicen que Bofill está comprando los medios, porque a veces nada más que la radio y la televisión está habla que te habla de Bofill. Bueno, yo no quisiera que estuvieran hablando tanto de mí, no me interesa. Hace años mi amigo Cintio Vitier –cuando yo le decía: “Mira, a mí me gusta la propaganda, me gusta la radio y la televisión”– me respondió: “Tú no necesitas propaganda, tú eres Boffill el grande”. Y yo le decía: “Sí, pero me gusta salir”. “Bueno, despreocúpate de eso, que eso no hace falta”. Y entonces hombres sabios como esos lo dicen. Y ya estoy analizando que verdaderamente la propaganda no es muy buena, y es cierto lo que dice mi señora: ¡Me podían apoyar un poquito más!, pero no quieren apoyarme, pero que no me apoyen, que se vayan pa’l carajo, que no me apoyen, ¡ya!

Admite escuchar voces y tener visiones que relaciona con una especie de estado de inspiración. En su condición de místico, se siente profeta y recibe premoniciones –verbales o a través de la pintura– sobre la vida de los demás, sucesos climáticos y catástrofes mundiales. Está convencido de proporcionarles fortuna a aquellos que le ayudan e infortunio a quienes le agreden.

YOB: Bofill, ¿las voces que escucha son premonitorias?, ¿son instintivas?
NGB: Yo recuerdo mucho a Antonio Maceo y creo mucho en Antonio Maceo, que era un hombre previsor, y creo en José Martí, pero creo en Marx y Engels, que decían que pululaban los espíritus, espíritus selectos que dan ideas. Yo siento voces; un psiquiatra puede decir: “alucinaciones auditivas”. Pero veo figuras, y pueden decir: “alucinaciones visuales”. ¡Siento la voz del interior del poeta, la voz de la creación divina! Siento que soy un hombre que, cuando doy consejos –porque lo hago con el sentido de la positividad–, todo marcha bien. Aunque en muchas ocasiones yo tengo tristezas, tengo dolor, tengo melancolía, ¡pero es que soy un ser humano, no soy de hierro! ¿Y aun el hierro y el acero no se oxidan? ¡Sí! Me considero un profeta: profeta de las sombras y las luces, de los colores y las líneas.

YOB: ¿Y cuáles son sus profecías?
NGB: Sí, a través de la secretaria del jefe de la Sección Política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias –la dirección política del general de dos estrellas, del general de división Carrillo– se me dice que puedo hacer una solicitud para pintar las camisas que yo deseaba desde el soldado hasta el grado superior. Y la respuesta del compañero general Carrillo fue negativa. ¡Se me dijo que no! No obstante, tuve la suerte de coleccionar obras –en este caso no obras sino camisas– desde los grados de soldado hasta general de división, pero ¿quiénes me las dieron? ¡Mis amigos!, a los cuales yo alerté de que no estaba autorizado por el alto mando militar político; pero me las dieron simplemente porque les dio la gana, y además porque eran mis amigos ¡y son mis amigos! Para decir algunos nombres, a los que conocen de Fuerzas Armadas Revolucionarias, puedo decir que tengo la camisa del general de brigada Harry Villegas Tamayo, del general de brigada Enrique Acevedo González, del general de división Samuel Rodiles Planas, de los coroneles… Eh, Maritza, si me ayudas con la memoria… ¡Elio Guerrero Ramos! y del amigo mío de Sagua la Grande, un comandante de Sagua que era el segundo del Che Guevara en el Congo. Bueno, no me acuerdo ahora ni de cómo se llama. [12] Tengo la memoria mala, me estoy volviendo viejo; ¡pero el que conozca de guerra sabe de estas cosas que estoy hablando! Bueno, quiero decirles, como profeta que soy, que los grandes coroneles y generales que me dieron sus camisas no han tenido ningún tipo de problema político y no han sido destituidos. Desde que me las dieron hasta la fecha tienen la suerte de Boffill, y no los quiero en problemas. ¡Quiero que estén ayudando a la Revolución Cubana, a Fidel y a Raúl y al Partido Comunista de Cuba! Yo te voy a hablar de lo que son las profecías. ¿Quieres profecía más grande que esta?, que por ejemplo, este compañero que está ahí, ¡mira, toma! (me muestra una postal), compañero Julio Lima Corzo, me dedica: “de Villa Clara, un pueblo haciendo Revolución”; me pone unas palabras: “Buró Provincial del Partido en Villa Clara”; lo firma y dice unas palabras del comandante Fidel Castro: “Las batallas se libran por un futuro”. ¿Quieres cosa más grande que yo iba caminando, y él iba al frente de una congregación grande en Sagua, y le seguían miles de ciudadanos, y me dice: “¡Bofill, usted aquí al lado mío!”, y me lleva a tirarle flores al río al comandante Camilo Cienfuegos, y resulta ser que pone su auto a mi disposición para que yo me traslade hacia la playa de Isabela de Sagua, y para que recorra todo el municipio y vaya a diferentes fábricas (la de chocolate, etcétera) y me trae luego aquí a casa? ¡Y a los pocos días lo hacen miembro del Comité Central del Partido, primer secretario del Partido! ¿Quieres cosa de profecía más grande que esa?, ¿eh? ¿Quieres cosa más grande? Que este humilde pintor, viejo y loco –según la gente– lo que quiere es que le den su amistad, y en cambio yo los amo y los quiero y no quisiera mencionar nueve o diez más ministros de Cuba y de otros países a los que les he dado suerte. ¡Le doy una suerte a la gente que me hace bien, que es algo serio! ¡Y a los que me hacen mal, les doy mala suerte!, pero no pido mala suerte para nadie.

YOB: ¿En qué otras situaciones se ha sentido profeta?
NGB: Yo he previsto muchas cosas: ciclones, uniones y desuniones, suertes y desgracias. A veces no quiero ni hablar porque cada vez que abro la boca es algo serio, y hay cosas que no se pueden estar contando porque son tristes y delicadas. Pero te voy a contar una dentro de esas cosas tristes. Hace muchos años, un presidente de la Asamblea del Poder Popular del municipio de Remedios, Raúl Santos Cámara, me dijo: “Si me buscas artistas, si me buscas escritores, si me buscas personalidades para traer a Remedios, yo te lo agradezco. Los buscamos en auto, los ponemos en el Hotel Mascotte, les damos las mejores atenciones, y así el pueblo tiene cultura”. Y así invité yo a uno de los grandes de la literatura cubana y universal, y le dije: “Óigame –y le hice así por el hombro–, ¡usted es un caballo!”. Al autor de “Caballo de coral”. ¿Se acuerda usted de ese autor?: ¡Onelio Jorge Cardoso! Y le hice una carta a la Uneac cuando trabajaba él en la calle 17 esquina a H, en El Vedado. Me parece que estaba al frente de literatura, y dijo que se iba a retirar y que se iba a dedicar nada más que a escribir. Pero conversó con el escritor cubano Miguel Martín Farto y le dijo: “Este individuo, Noel Guzmán Boffill Rojas, que me envió una carta diciendo que Dios y que esto y que lo otro… ¡Qué Dios ni Dios, si yo no creo en Dios ni nada!”. Y no creyó en Dios, y se retiró, y en menos de quince días Dios lo desapareció del universo. Yo no hubiera querido que hubiera muerto, ¡pero se lo llevó como nos va a llevar a todos nosotros! Es una de las anécdotas que hago, de que hay que tener mucho cuidado. Dios puede existir o no; puede existir para unos, puede que no exista para otros. Para mí puede existir y puede que no exista. Yo creo en él. Por si acaso, dejo tranquilo a Dios porque yo no quiero marcharme pronto, aunque sé que algún día tendré que marcharme.

Noel Guzmán es grande entre los grandes porque encuentra la autenticidad en la expresión de sí mismo. Detrás de su carácter obsesivo y enérgico se esconde un sujeto a quien le molesta el ruido, temeroso del miedo, susceptible y desconfiado; que en el fondo prefiere la soledad para abstraerse; que encuentra en la familia su principal sostén; que sueña con visitar la Antártida y París o pintar en alguna isla desconocida; que ama la vida intensamente y es así como pretende vivirla.

NGB: Muchos dicen que estoy loco; pero otros muchos, u otros pocos, dicen que no lo estoy. Antes me ponía bravo. Era capaz yo en aquella época de coger a uno por el cuello –en el sentido figurado-. Me ponía bravo, me fajaba con ellos, les decía barbaridades. Hoy día no, porque en realidad cada cual tiene su criterio. Yo respeto el criterio ajeno. El que diga que estoy loco, bien, que lo diga. Pero ese no podrá decir –y si lo dice es porque es un canalla– que soy un mal hijo, que soy un mal esposo, que soy un mal padre, que no soy un ciudadano noble y bueno. ¡Se dicen cosas de Boffill, muchas cosas, malas: que estoy muy pelú, que estoy arrebatado!”. Bueno, ¿y acaso los seres humanos no tenemos derecho a ser locos? ¡Los locos también pueden vivir en esta sociedad, en el mundo! Yo, como soy, me siento contento. Me siento feliz, me siento realizado. Y no me importa. ¡Me da lo mismo que digan que estoy loco o que no estoy loco, y ando con el pelo así porque me da la gana! [13]

© Yaysis Ojeda Becerra / Investigadora y crítica de Arte 

Santo Domingo, 7 de julio de 2010.[14]

Notas

[1] Jean Dubuffet: “Las aberraciones”, Escritos sobre arte, trad. Melitón Bustamante, Ediciones de Bolsillo, Barral Editores, Barcelona, 1975, p. 44.

[2] Ellos también incursionarían en las artes plásticas.

[3] Yaysis Ojeda Becerra: “El caminante incógnito”, Signos, Santa Clara, No. 60, julio-diciembre, 2010, pp. 61-66.

[4] Posee una serie de camisas pintadas pertenecientes a altos oficiales de las FAR, entre ellos: el general de brigada Harry Villegas Tamayo, el general de brigada Enrique Acevedo González y el coronel Elio Guerrero Ramos.

[5] Denominación dada por el crítico de arte Orlando Hernández en el catálogo de la muestra “Un ángel de la jiribilla”, realizada en el Palacio del Segundo Cabo, La Habana, octubre de 1993.

[6] Es el caso de las muestras: “Para ti” (Uneac de Villa Clara, febrero de 2008), constituida por cien retratos de Camilo Cienfuegos en el aniversario cincuenta de su desaparición, y “En honor a tu gloria” (Galería Provincial de Arte, Villa Clara, 2009), también conformada por cien retratos, pero del comandante Che Guevara.

[7] El soldado Fidel (2006), premio del XXII Salón Provincial de Artes Plásticas y Diseño (Galería Provincial de Arte, Villa Clara); y Homenaje a Lela (2010).

[8] Entre sus muchos autorretratos se destacan El ídolo (2010) y Homenaje a Sathya Sai Baba (2007). Con este último pretendía destacar la importancia del espermatozoide para la reproducción humana y obtuvo el premio por la obra de toda la vida en la decimotercera edición del Salón Territorial de Arte Popular en Villa Clara.

[9] En La virgen del Buen Viaje (2005) Bofill empuja fuera del lienzo una imagen resplandeciente, de impecables piel y vestido blanco, delimitados ambos por pastosas líneas trenzadas, que ayudan sobremanera a la transposición del blanco sobre blanco, posible solo con esta solución plástica. El blanco prevalece en la obra y es trabajado con total maestría; mientras, el mantón azul de la virgen rodea casi la totalidad del conjunto divino. La expresión facial de la madre resulta de una fascinación sin igual, al complementarse con labios en carmín, ojos de un extraño rosa, espesas cejas negras y marcadas pestañas.

[10] Según criterios de José Seoane Gallo, expuestos en el texto del catálogo de la muestra “Santa Clara divina, madre de Jerusalén”, inaugurada el 12 de enero de 2006 en la Casa de la Ciudad de Santa Clara. Esta exposición constituyó una retrospectiva de la obra de Bofill y fue dedicada al propio Seoane.

[11]  Expuesta en la muestra “Bururú Barará, ¿dónde está Bofill?”, Casa de la Ciudad de Santa Clara (agosto de 2009). Esta obra forma parte de la colección del Comité Provincial de la Uneac en Villa Clara.

[12]  Se refiere al comandante Víctor Emilio Dreke Cruz (Sagua la Grande, 1937).

[13] Estas declaraciones coinciden con las que hace el artista durante el audiovisual Bofill (Ediciones Cronos, Villa Clara, 2006), del realizador Orlando Morales.

[14] Entrevista publicada en El aullido infinito, Yaysis Ojeda Becerra, Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2015, pp 101-121.


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